El Arte de perdonarse a uno mismo

El hecho de perdonar a alguien a veces cuesta mucho porque supone un gran desafío al ego. Te perdono significa que me pongo en tu lugar y de la misma forma que tú lo hiciste mal, yo también podría actuar igual con las mismas circunstancias. Reconocer esto cuesta mucho, porque siempre la mente juega a alejarse del que ha cometido un fallo. Acercarte y perdonar requiere mucha sabiduría, humildad de espíritu y gran corazón.

Nos equivocamos cuando pensamos que el que perdona hace un favor al otro. El hecho de perdonar a alguien supone tremendos beneficios sobre la salud mental y bienestar del que toma la iniciativa, más que del que es perdonado.

Pero si ya es difícil perdonar a alguien de corazón y siendo consciente de lo anterior, la complejidad se multiplica cuando a quien hay que perdonar es a uno mismo. Solemos ser incluso más exigentes con nosotros que con los demás, y esto causa tremenda frustración e infelicidad que se acumula por años.

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Para perdonarse a uno mismo debemos averiguar qué emoción causa malestar y provoca ese sentimiento de culpabilidad, asumir responsablidades (no echar la culpa a otros, que es lo más fácil y lo más habitual) y aceptar que somos seres humanos y que podemos cometer errores. De hecho es curioso, que la vida repite las mismas circunstancias para ponernos a prueba y comprobar si hemos aprendido la lección.

Los expertos aconsejan no tomarse la vida tan en serio y reirse más de uno mismo. No perdonarse supone un tremendo gasto de energía, porque uno se desgasta recreando una y otra vez una situación del pasado que no se puede cambiar, lo único que se puede hacer es actuar sobre el presente para recolocar esas situaciones que nos disgustan en nuestra mente, y aprender para evitar en el futuro, no actuando de la misma forma.

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El perfeccionismo excesivo agota nuestro bienestar. Hay que pararse a pensar ¿por qué nos exigimos a nosotros mismos más que a los demás? A veces vivimos condicionados por lo que los demás esperan de nosotros y hay que pararse a pensar qué es lo qué nosotros realmente queremos y necesitamos, independientemente de lo que nos rodea (el precio de contentar a los demás es demasiado alto)