Lección de un esquimal




Llevaba días de marcha sobre el hielo de excursión con una familia de esquimales.

La marcha, el viento, prolongado frío de 50 grados bajo cero y la primitiva mentalidad esquimal hizo de aquel viaje el más penoso de mi vida.

Preguntaba varias veces al jefe de la tribu, ¿Cuándo íbamos a llegar al siguiente poblado? No contestaban

Continuamos caminando e incluso nos sorprendió una tormenta. Continúaba preguntado, pero no me hacían caso.

Quizás desesperados por mis preguntas, el jefe se volvió a mí y me dijo:

¿Qué pasa? ¿No andan los perros como quisieras? ¿No es bastante bueno el trineo? ¿No se alegra que la nieve siga cayendo y cubriendo el mar?

Se quedó mirándome fijamente y pude entender lo que pretendía transmitir:

¿Para qué apresurarse? ¿Por qué le inquieta el futuro si el presente es magnífico? ¿Dónde está ese lugar al que siempre está usted queriendo llegar?

Aquel día recibí una lección que nunca he olvidado. Preocupándonos por el mañana, desestimamos el hoy. Pensar en lo pasado es lamentarlo; pensar en lo futuro es temerlo. No incurras en la locura de sacrificar el presente por el porvenir, porque equivaldría a cambiar lo que es por lo que no ha de ser.

¿Acaso no es el presente la única realidad intelegible?

El mundo es lo que hacemos de él. El Ártico para mí fue una desolación; para los esquimales, un imperio donde se sentían los reyes combinando su sabiduría con el milagro de la naturaleza, un don sagrado.

Corremos los caminos de la vida sin enterarnos del paisaje. Alguien ha dicho “el lujo consiste en tener tiempo que perder”. Los esquimales se paran cuando lo desean sin prisas, disfrutan del entorno y son felices cuando acaba el día.

¡Qué tontos somos cuando vamos corriendo sin disfrutar de la vida!

Gontran de Poncis